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LETRAS DE TORERO DE FRESA Y ORO
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Simón Casas
Empresario, apoderado y matador de toros

Sentado sobre una modesta cama, el Maestro jugaba de la mano con la llave de la habitación que ocupaba. La cabeza agachada, como un niño que hubiera cometido una falta. Pensé que una vez más debía estar analizando, según esotéricos cálculos, los tentaculares sentidos de la numerología. “Habitación 214. Dos más uno más cuatro son siete...”. La ritual escenografía de esta celda monacal estaba respetada: ninguna presencia del color maldito, el amarillo, los objetos religiosos envejecidos sobre la mesa en sus rigurosos sitios, las sábanas de la cama apenas desplegadas, y una toalla blanca en el suelo abandonada como si de organizar algún desorden se trataba.

El hotel, como de costumbre, no había sido elegido en función de sus comodidades. El hotel era el hotel. El de siempre, de toda la vida, de todas las corridas. El sitio perfecto para recluirse hasta la hora de vestirse. Recluido y tranquilo. Esto es lo que más necesitan los toreros: tranquilidad. Un buen hotel es aquel donde siempre se regresa.

Volver. En Andujar el Maestro volvía a la fuente exacta de su trayectoria: en esta plaza se había vestido por primera vez, cuando toreaba sin caballos. Hacía exactamente 31 años. Toda una vida. Ser figura del toreo debe ser una auténtica pesadilla: ser o no ser, sin otra alternativa. Alternativa. Fuera de la plaza los toreros andan siempre disfrazados y viven como los toros: en camadas. Como ellos tienen sus querencias, sus intuiciones, como ellos se entregan hasta la muerte y buscan patéticas defensas.

Me acuerdo que una noche me dijo el Maestro: “ Ten cuidado, Simón, el día es nuestro enemigo. Si tienes un bello cuadro en tu casa, cierras las cortinas. Que no se acerque la luz. En la noche, Simón, sólo podemos relajarnos en la noche.”

Así se ha evaporado el Maestro: cerrando las cortinas. En la habitación de su mente, donde puede luchar en contra de su peor enemigo: el día. Donde puede coquetear a sus gusto con la luz, jugar con ella como si de una doncella se tratara. El Maestro debe sonreír en su soledad: ha conseguido conservar la vida, después de 31 años de carrera. Ahora le toca torear otro enemigo: la felicidad.

Se ha ido sin decir adiós. Tiene razón, no es problema de cortesía. Puso un celestial movimiento al océano del toreo: la armonía. Armonía, lo que Confucius imponía a los emperadores chinos.

Sentado sobre una modesta cama me dijiste: “ Simón, lo más seguro es que no vuelva a torear nunca...”: aficionados, cerrar las cortinas de vuestros ojos, ya se ha ido el Maestro del silencio y del movimiento, se ha hundido en su última media verónica.

Cuando antes de morir, Antonio Ordóñez dijo:” Que mezclen mis cenizas con la arena de la plaza de Ronda. Pero en los chiqueros, no en el ruedo, porque admito que me pisen los toros pero no quiero que lo hagan los toreros”, seguro que no pensaba en él: sus pases eran caricias. Violentas caricias.