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Antonio Chenel Antoñete, Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes. Es fácil caer en el elogio manido cuando se habla de un torero como el del mechón blanco. ¡ Qué se puede decir que no se haya dicho ya y de una forma que yo, probablemente, no podría superar!

Ahora bien, obligado es resaltar la importancia de esta acertada condecoración para un torero que a sus años todavía conserva el valor y la afición suficiente para enfundarse un traje de luces y anunciarse en una corrida de toros. Pero cuidado que no seré yo quien alabe esa decisión.

Hasta que Curro decidió retirarse a finales del pasado año, sostuve que en cualquier momento Curro, Paula o Antoñete nos iban a dar un disgusto y que todo este “me voy y vengo” a esas edades podría tener peligrosas consecuencias. Pero – ¡qué sabré yo!- ellos lo saben. Son conscientes del peligro que corren y lo asumen. Es más...lo echan en falta hasta límites extremos y, en definitiva, ha sido y se resisten a que no siga siendo su vida.

El que humildemente junta estas letras pertenece a la - ¡ quién sabe si alguna vez célebre!- generación del ’72. Sin embargo, y gracias a mi padre- torero a medio camino y aficionado con mayúsculas-, alcancé a ver y recuerdo al Manolo Vázquez de las reapariciones de los 80, al Antoñete del 82, al Paula del 87, al Curro Vázquez del 82, al Curro Romero de tantas veces...y los he continuado viendo hasta que algunos, por distintas razones, se han ido marchando a sus retiros.

Y que queréis que os diga...no voy a caer en la tentación de entrar a valorar si toreaban mejor o peor que los de ahora pero...lo que es andar..¡sí, sí!...andar por la plaza, andar por la cara de los toros, andar pegando un petardo o salir andando de la plaza...eso, lo hacían con arte.

Eso lo tengo grabado en mi memoria: la forma de andar por la plaza. Esa especie de aura, ese halo casi místico que destilaban por los cuatro costados, eso no lo veo en los de ahora ...o quizás sólo en uno, José Tomás. Es una lástima que el de Galapagar se pueda perder en excentricidades, batallas y desaires que empañen la auténtica realidad actual: es el número uno indiscutible.

Antoñete recibe una condecoración muy especial, yo diría que el mayor trofeo que se concede en nuestro país en el planeta de las artes. E importante es también que se le conceda a un torero. Dado el grado de convulsión actual que atraviesa el mundo de los toros debido al asunto de las vacas locas y a la difusión mediática reciente, nos vienen pero que muy bien este tipo de reconocimientos para con los hombres de nuestra fiesta.