| Carlos Miguel Fernández Recio
El próximo sábado tenemos una cita importante en la madrileña plaza de Vistalegre.Se anuncian dos de los máximos exponentes de la corriente artística taurina: Curro Vázquez y Julio Aparicio.
De Curro Vázquez poco o mucho se puede decir. El de Linares obtuvo algunos de sus más resonantes triunfos en la “Chata” madrileña y, sin ir más lejos, evocó los recuerdos de aquellas tardes en la temporada pasada y en el mismo escenario. Sin embargo, no es Curro Vázquez el objeto de estos párrafos sino su compañero de cartel: Julito Aparicio.
De demonios, sombras y rincones oscuros se encuentra repleta la naturaleza humana. Que el que tuvo retuvo ya me lo sé y que el que tiene la moneda la cambia también. Pero en lo que quiero indagar es en la compleja, extraña e irregular trayectoria de este torero.
Aparicio: genio, artista, incomprendido, perdido, descentrado...torero. Para muestra un botón de los calificativos utilizados por los aficionados para referirse a Aparicio. Nacido en el seno de una familia torera, marcado probablemente con el hierro heráldico de los elegidos. Pronto, muy pronto comienzan sus batallas, las públicas y las interiores. Torero de contrastes, de dos caras bien distintas pero las dos de torero.
De una tarde de mayo, en la calle de Alcalá, data su primer renacimiento. Perdido durante cierto tiempo en batallas más propias de humanos que de genios, habiendo combatido sus demonios en la soledad del torero, Julio bordó aquel día el toreo. Justo a tiempo, en el justo escenario.
Aparicio ha estado ausente de las grandes ferias y ahora mismo no sabría deciros si durante 15 minutos o durante los últimos 15 años. Ahora dice que se anuncia de nuevo. No sé de qué Aparicio se trata pero sí que sé que el aficionado está expectante y algo más...Aparicio se lo debe a la fiesta.
La situación taurina actual anhela el resurgir de alguno de sus mitos en toda su dimensión, en toda su grandeza y miseria. Ahora que jugamos al gato y al ratón con las empresas, que decimos Diego donde dije digo a los públicos y calcinamos las canales de los toros para evitar males mayores.
Aparicio ha aparecido y desaparecido como el Guadiana. Sonadas reapariciones, siempre limpias de rémoras pasadas, sin explicaciones ni comentarios frente a las silenciosas y desconocidas despedidas o paradas en la carrera del singular torero.
Julio Aparicio es una incógnita pero no como torero sino como persona. Dudo que alguien más, aparte de él mismo, sepa lo que ocurre en esa particular batidora de su cabeza. Y eso significa que sólo él puede pararla y poner orden donde no lo hay. Un torero frente a sus propios fantasmas y ambiciones. Un torero ante su toro más difícil. Y es que aquellos muletazos de mayo...
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