| Carlos
Miguel Fernández Recio
Es extraño comprobar que todos lo medios de
comunicación, a propósito del triunfo de
Esplá, destacaron un mismo adjetivo: la
torería. A pesar de ser una extraordinaria
coincidencia, la lectura puede y debe ir más
allá. Allí sucedió algo que transmitía ese sentimiento
al público presente y a los telespectadores.
La crítica taurina ha sido catastrofista y
exagerada por igual en todos los tiempos; basta
con tirar de hemeroteca y leer alguna crónica
de otro tiempo para encontrar nefastos augurios
o triunfos ensalzados hasta rozar un carácter
mitológico. Las frases del tipo: si esto
sigue así nuestros ojos verán el fin de la fiesta
o toreó con la profundidad y el temple a
la que cantan los poetas, abundan en las
crónicas de los Corrochano, K-hito, Cañabate
...
Por supuesto que en los tiempos actuales, a
pesar de la variedad de encastes, este
tipo de recursos estilísticos también se utilizan,
si bien adaptados al momento. Sin embargo, y
esto se percibe no sólo en los medios sino también
en los comentarios de los aficionados, ha disminuido
la admiración por la figura de luces.
El torero ha sido tradicionalmente una figura
que infundaba respeto e incluso, en algunos
casos, sensación de inaccesibilidad. Un cierto
halo de misticismo que manaba de aquella presencia
que se citaba con la muerte tarde sí, tarde
no. Tradicionalmente, el torero ha surgido de
ambientes marginales de los cuales se suponía
que obtenía la fuerza y ánimo para sobreponerse
a las adversidades y ....al miedo.
La era actual de la comunicación ha destruido
el mito del torero. Conocemos todo lo que el
torero hace fuera de la plaza: sabemos dónde
vive, con quien, qué coche tiene, si se separa,
los cumpleaños de los niños...El becerrista
que debuta estrena traje, capotes, lleva furgoneta;
tiene mozo de espadas, apoderado y, en gran
número de ocasiones, el respaldo de una escuela
taurina que le soluciona la temporada, siempre
y cuando el crío tenga condiciones.
El torero ahora quiere ser artista, quiere
transmitir el toreo como él lo siente. Preocupados
por conseguir lo que está al alcance de muy
pocos, algunos llegan a ser calificados con
el más grandioso adjetivo para un torero: figura
del toreo. Sin embargo, ahora hay quince
figuras del toreo todos los años por
el mero hecho de matar 50, 60 o 70 corridas
al año. No, eso no es ser figura del toreo,
eso es gozar de una situación de privilegio
dentro del circuito taurino. Y, cuidado, que
no critico a los que estén en esa situación,
pero sí que los pongo en su sitio.
Figura del torero no lo puede ser cualquiera.
Todo aquel que coge un capote en las manos no
es capaz de transmitir algo. Independientemente
del número de corridas toreadas, atravesamos
una época de sequía en lo que a torería y capacidad
de transmisión se refiere.
Por ello, cuando presenciamos algo como lo
del domingo en una plaza de toros, nos ponemos
todos de acuerdo. Eso forma parte de la esencia
del toreo, presente en la génesis de la torería...
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