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La estrella fugaz de Alfonso Merino
Félix Rodríguez, el sucesor fallido de Joselito
La estrella fugaz de Alfonso Merino
Juan Estébanez Garrido

Alfonso Merino pasó por “el planeta de los toros” de una forma inusitadamente rápida. Su brillo fue breve y fulgurante como el de una estrella fugaz. Las prisas y las cornadas fueron las causas que impidieron que una prometedora carrera tuviera el suficiente reposo para el asentamiento de sus condiciones toreras, de acreditado talento.

Todo en Alfonso Merino transcurrió a demasiada velocidad. Nació en Madrid el 23 de enero de 1933 y desde muy joven hizo ostensible su gran afición. Trabajó en el Banco de España, pero su amor al toro le impelió a participar en espectáculos taurinos, casi todos de ínfima categoría. Su debut con picadores fue tardío, en chocante paradoja con su posterior trayectoria. Hace su presentación en la madrileña plaza de Vista Alegre el 27 de febrero de 1955, logrando cortar una oreja a un novillo de Quintana. A partir de entonces, el cartel del diestro madrileño crecería de manera notable. El público quedó prendado de su enorme clase y de un estilo inigualable con la muleta. Poseía unas dotes artísticas, si bien limitadas en técnica, en el último tercio que hicieron que sólo cinco meses después le llevaran a tomar la alternativa.

Esta precipitación fue, posiblemente, la causa de su ruina. Ayuno de un adecuado y reposado aprendizaje, Alfonso Merino se granjeó el fervor popular y el castigo de los toros a partes iguales. A los éxitos como novillero en Vista Alegre, Las Ventas y Barcelona, le corresponden serias cornadas en Madrid, Zaragoza y Pamplona, esta última en el cuello, ya como torero, al día siguiente de su alternativa.

Se doctora como matador en Vista Alegre el 7 de julio de este vertiginoso 1955 a manos de César Girón, teniendo como padrino a Pedrés con ganado de Antonio Pérez. Vuelve a sufrir la cara y la cruz de su destino torero el 11 de septiembre en Barcelona en un festival con toros de Miura donde vuelve a ser cogido tras un excepcional triunfo. Este año, con sólo 12 novilladas y 13 corridas de toros, será el de su encumbramiento y también el que marque el fin de su estrella.

El brillo de su explosiva aparición se apaga definitivamente al año siguiente. Aunque inicia la temporada en Perú, sólo consigue torear 11 tardes en España. Sufre dos cornadas de cierta importancia: una el 29 de abril en Madrid, - donde, pese a todo, logra conmover al público con su gran clase cortando dos orejas-, y otra en agosto en Palma de Mallorca.

Es de suponer que, pese a su indudable categoría, Alfonso Merino carecía de la voluntad y el arrojo que deben ostentar los toreros hambrientos de triunfos. Las cornadas hicieron más mella en su frágil disposición que en su cuerpo. En 1957 sólo se vistió de luces en cinco ocasiones (una de ellas en Las Ventas), resultando gravemente cogido en Vista Alegre. El año siguiente, - último de Merino en activo -, actuó únicamente en otras cinco tardes.

Necesitado de valor, y seguramente de una preparación más lenta y razonable, en sólo tres años se perdió un torero con innegables cualidades estéticas. Un torero del que el recientemente desaparecido cronista taurino Vicente Zabala elogiaba “su temple envidiable y de una suavidad asombrosa”. Finalmente, Alfonso Merino falleció en febrero de 1984 de un infarto de miocardio que, si hacemos caso a su leyenda taurina, debió de ser tan rápido como inesperado. El torero madrileño fue simplemente una estrella fugaz en el mundo taurino, pero su brillo encandiló a muchos aficionados en el escasísimo tiempo que Merino dejó entrever su poderoso arte.